El grande y moderno centro comercial de mi barrio, lo han abierto al lado del cementerio. Logra, tal ocurrencia de mal gusto, que la analogía entre muchedumbres que circulan con bolsas de plástico y zombies de película de terror resulte ciertamente obvia.
Debajo del centro comercial -esto soy yo la única persona en el mundo que lo conoce- se hallan enterradas las ruinas de una antigua civilizacion. Una civilización riquísima en tesoros de oro y sabiduría. Yacen las ruinas muy abajo, a varias decenas de metros bajo tierra: por eso no se apercibieron de ellas quienes construyeron los cimientos del nuevo emporio.
También es desconocido por las masas, y rigurosamente cierto, que existe un pasadizo que conecta las ruinas subterráneas con determinado mausoleo del cementerio vecino, En este mausoleo reposan los restos de una familia ya extinta, cuyos componentes fueron en su mayoría masones. Ellos sí conocían el gran misterio y lo ocultaron cuidadosamente, aunque no tanto que pudieran impedir indiscrecciones del mayordomo o las doncellas que formaban su servicio.
Son éstas verdades que se han callado durante siglos. Claro está que, de no haberlo hecho así, es muy posible que esa misma marabunta que se empuja por los pasillos del centro comercial, con sus bolsas de plástico en la mano, se precipitara a profanar la tumba de la familia masónica, buscando con codicia desatada la entrada que conduce a los tesoros de oro y de sabiduría.
Yo estoy al tanto del secreto porque me lo confió el antiguo guarda del cementerio, fallecido el año pasado en misteriosas circunstancias. No hablaré de tales misteriosas circunstancias. No quiero arriesgarme, por si alguien me está espiando. Hay espías por todas partes, cámaras ocultas, sensores de calor, rayos láser que decodifican las arrugas de tu frente mientras estás pensando... No hablaré, repito, de aquellas misteriosas circunstancias.
¿Y por qué me confió el secreto a mí, sólo a mí? No estoy seguro, pero creo que buscaba, intuyendo cercano el fin de sus días, a una persona seria, responsable e interesada en asuntos menos superficiales que la mayoría, que fuera capaz de tomar, por así decirlo, el relevo de tan grave y peligroso saber . Por eso se me acercó, aquella tarde de verano en que yo hacía fotografías a las lápidas para una de las prestigiosas revistas en las que colaboro, el Requiescat Journal, y me ofreció un cigarro junto con un rato de amigable conversación.
El mismo anciano me condujo después al mausoleo, accionó el dispositivo que abre la puerta falsa y me guió por corredores oscuros, llenos de mohosas y gastadas piedras. Al final de ellos se abría la entrada de una caverna, negra como la boca del infierno y con más olor a tumba que la que acabábamos de dejar atrás. No continuamos adelante porque justo entonces se acabaron las pilas de la linterna, pero me aseguró el guarda que él había seguido un buen trecho del pasadizo y que al final había encontrado una sala llena de columnas y de estatuas medio derruidas, las cuales señalaban sin duda la presencia de un antiguo templo plagado de infinitos enigmas.
Al día siguiente, el anciano falleció de la sospechosa manera que ya he insinuado, y yo no he podido volver a entrar en el mausoleo, puesto que no poseo la llave ni creo que el nuevo guarda me la prestara sin más, ni siquiera a cambio de una sustanciosa propina.
Y todo esto lo considero y reflexiono yo ahora, parado con mi vehículo en el semáforo de la entrada del centro comercial, el cementerio a mi derecha y la multitud cruzando por el paso de peatones delante de mí, con sus bolsas de plástico. Si supieran que, en cualquier momento, mientras ellos se degradan en compras compulsivas, se podría hundir el suelo por efecto de algún terremoto de grado ocho ó nueve en la escala de Richter, o quién sabe si de alguna explosión de dinamita, encontrándose ellos de pronto enterrados en vida, rodeados de tenebrosas construcciones y probablemente de seres extraños, tal vez seres sin ojos, caníbales de dientes afilados, supervivientes de la antigua civilización que se darían un gran festín con ellos... Si lo supieran, sin duda cundiría el pánico y, convertidos en una masa de estúpida carne que aplastaría a su paso cuanto encontrara, se precipitarían hacia la carretera y allí muchos morirían atropellados por los camiones que circulan a gran velocidad hacia la M-40.
Pero en fin, yendo al grano, he decidido que, en fines de semana y vacaciones, voy a construir, desde el descampado que hay detrás del centro comercial, un túnel por debajo de éste. Camuflaré el agujero con una caseta de obra, junto a la cual plantaré un cartel para que nadie se extrañe: el cartel de una empresa falsa de conducciones de gas, por ejemplo, con sus siglas y su logotipo. Dicho logotipo, por cierto, consistirá en un muñeco con casco y una linterna, como sentido homenaje a mi viejo amigo, el guarda del cementerio.
Tras haber excavado con tesón bajo el centro comercial, ayudándome, claro está, de una nutrida cantidad de cargas de dinamita, llegaré a la civilización perdida, masacraré a los caníbales que por allí pululen y serán míos por fin todos los tesoros de oro y sabiduría.
Los subiré a la superficie en un carro del hipermercado, que antes habré sacado subrepticiamente del parking. Pondré mi botín a buen recaudo en el maletero del coche y, convertido en un hombre rico, me marcharé a vivir una vida nueva. Esto, en lo que se refiere al oro. En cuanto a la sabiduría, es muy probable que se halle almacenada en vetustos pergaminos conservados dentro de cajas herméticas de plomo. Amparado por la seguridad económica que me habrá proporcionado la venta en el mercado negro de algunas de las antigüedades, dejaré mi trabajo actual y me dedicaré por entero, noche y día, en cuerpo y alma, primero al estudio de las lenguas muertas y luego a la traducción de los documentos, los cuales versarán, con toda probabilidad, sobre la fecha exacta del Fin del Mundo y la venida del Anticristo.
Una vez traducidos los pergaminos y adquirida su sabiduría, los enterraré, a mi vez, en lugar seguro y no confiaré a nadie su paradero. Pero, eso sí, dejaré pistas, adivinanzas y jeroglíficos suficientes para que algún inquieto explorador del futuro acceda el día de mañana al Gran Conocimiento.
No así al oro, porque ése ya me lo habré gastado yo hace muchos años.
Y ahora el semáforo se pone verde, pero los de las bolsas de plástico no dejan de cruzar, a pesar de que la ley se lo prohíbe terminantemente en forma de hombrecito rojo y luminoso, razón por la cual tengo que hacer sonar el claxon con insistencia. Ellos me hacen gestos de burla y me gritan insultos, como acostumbra a hacer la chusma con los que son como yo: seres de una índole cuya comprensión les sobrepasa ampliamente.
Pero no me importa, ya no me importa. Ya no sufro, puesto que pronto estaré lejos de ellos, fuera de su alcance para siempre. Sólo tengo que seguir minuciosamente el plan que me he trazado. Paso a paso, sin apartarme un milímetro. Construyendo, con mi pala y mi dinamita, la senda que me conducirá a un gran destino.
viernes, mayo 02, 2008
El plan
viernes, abril 25, 2008
Pájaros

En mi sueño te veo al fondo de una calle estrecha.
Quiero acercarme a ti, intento llamarte para que vengas, hacerte un gesto que reconozcas como mío, pero nunca me da tiempo: antes de que me veas, irrumpe en el callejón la bandada de pájaros.
Me quedo inmóvil mientras las plumas negras y sucias te cubren por completo. Te rodean, te invaden, te ocultan. Ya no quiero acercarme. No quiero saber nada más, no quiero tener que recordar más tarde esa imagen. Y sin embargo sigo allí, quieto, mirando. No puedo salvarte. No puedo porque no deseo hacerlo, porque he dejado que el miedo me ganara la apuesta antes de empezar a jugar.
Son muchos, cada segundo más, una maraña furiosa de picos y garras que pronto te hace desaparecer, igual que las hormigas a un cadáver. Y después te cogen en volandas y ya no sé si estás viva o muerta. Ya sólo eres un pelele inerte flotando sobre los tejados. Y yo voy corriendo a ciegas por las calles, tropezando con las esquinas, sin aliento, hasta que me paro en la playa, justo cuando ellos te sueltan sobre el mar. Y en el momento en que la olas te engullen, abres los ojos y me miras de una forma que me hace llorar hacia adentro.
Entonces me despierto. A mi lado, en la cama, finges dormir dándome la espalda. Quiero tocar esa curva de tu cadera que se recorta luminosa contra la ventana, y extiendo la mano. Pero entonces me acuerdo de que ya no te quiero.
Apago el despertador de un manotazo. Me incorporo. Sentado en la orilla del colchón, pienso que hoy -de hoy no pasa- será el día en que haré la maleta.
miércoles, abril 23, 2008
Una noche

"Pero la chica sigue dormida. Tal vez, piensa el príncipe, la ha besado con demasiada suavidad. Vuelve a bajar la cabeza y la besa nuevamente, esta vez con algo más de vigor. La princesa, sin embargo, no se despierta. El príncipe insiste. Para que el beso resulte más intenso, con los dedos índice y pulgar hace presión en las mejillas de la chica hasta que la boca se le abre suavemente. Entonces mete la lengua, la enrosca alrededor de la de ella, la saca, le muerde el labio superior, y acto seguido el inferior. La besa con ardor, como pocas veces ha besado a alguien. Esos besos excitan al príncipe. Siente en la entrepierna una turgencia creciente, que se convierte en dolorosa por la malla tan ceñida que lleva. Pero se contiene porque calcula que, cuando la chica se despierte, podrá desatar la pasión que lo colma..."
(Quim Monzó, Mil Cretinos. "Una noche")
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